lunes, 31 de marzo de 2008

Por mi culpa, por mi culpa, por mi mismísima culpa.

Esta trilogía parece ser una sacra oración que se repite como un eco en la consciencia de los cristianos. Es que el tema de la culpa es potente, ya que data de hace dos milenios.

Indudablemente la culpa se asocia a un hecho pretérito. Fue introducida desde la génesis conjuntamente con el denominado pecado original. Aquellos primeros habitantes desafiaron el mandato divino y desobedecieron.

Dios los responsabiliza del acto de insurrección y dicta una sentencia condenatoria que trascendería las generaciones. Es un acto testamentario decretado por Dios, se nos instituye herederos. Se nos designa descendientes. No se puede renunciar a la herencia.

El tema es complejo, porque para adquirir la calidad de heredero, necesariamente debe haber fallecido quien otorgó el testamento y en éste caso, no es Adán el testador ni causante, sino Dios.

Adán se nos presenta como un ser pusilánime y manipulable que acata las seductoras sugerencias de su mujer, ávida de poder, ya que pretendía ser una diosa. Es impensable que Adán hubiese pronunciado frase alguna ante la presencia e ira de Dios, menos aún se atrevería a instituir herederos a los futuros y desconocidos seres que serían sus descendientes.

Escuchó oculto y humillado la sentencia en su contra y en contra de su prole y de las proles que parirían hijos deudores y carentes de la gracia divina, dos mil años después. Recién en ese instante, se descubre desnudo

La culpa es indudablemente un elemento que causa a lo menos intranquilidad y perturbación en el alma de los portadores y si éstos son constantemente mortificados a través de la evangelización y prédicas, se crea un estado de profundo pesimismo.

Evidentemente la Culpa dice relación con acontecimientos pasados y en este caso específico por actos no realizados o cometidos intencional, voluntaria o deliberadamente, sin embargo existe un emisor que envía mensajes destinados a recordar la deuda impagada y pendiente que se tiene con Dios, pero que no existe un organismo supra terrenal donde se pueda consignar el pago y acabar con la morosidad que por dos milenios ha pesado sobre una cantidad significativa de Cristianos.

Uno de los graves efectos que produce la culpa es el denominado remordimiento, es decir, un pesar interno que produce en el alma un desasosiego. La cuestión es que se produce sin haber sido partícipes ni haber tenido conocimiento de la acción imputada.

Sería fantástico que las culpas impositivas precluyeran, se hace necesario por sanidad mental olvidar y que en definitiva prescriba el estado de morosidad existente. Es tiempo de exonerar el sobrecargado espíritu de los seres.

Fresia Cisterna, es abogada chilena y Magíster en Pedagogía para Educación Superior. Extracto de la conclusión de un ensayo académico y no literario, acerca de La Culpa, Dios y Nietzsche. Fuente: www.palabrasmalditas.net

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